Ser doctor no es una profesión, sino un estilo de vida.
Déjame que te susurre el por qué no seré escritora aún.
Déjame que te grite a voz en cuello el porqué si seré doctora.
No logro comprender por qué la mayoría de los médicos son tan imbéciles. Imbéciles por los cuatro contornos de la palabra. ¿Imbéciles?, me preguntas.
Imbéciles, te respondo. Y estoy harta de ver grandes y exorbitantes sumas de dinero caer a los bolsillos holgados de los médicos, de escuchar noticias que traten de cercenamientos de piernas equivocadas o de olvido de tijeras dentro de un útero. ¿Por qué?, me pregunto una y otra vez. ¿Es que acaso los médicos olvidaron la gran responsabilidad que conlleva ser medico? ¿Olvidaron por qué se encaminaron por esa carretera rocosa y llena de obstáculos?
Es una lástima. Porque el mundo no necesita a personas soberbias y materialistas, que vistan níveas y pulcras batas y se pavoneen por los largos pasillos de una Clínica, con unos zapatos demasiado grandes para ellos. Es una lástima, porque el número de gente necesitada aumenta día a día; y, te diré, los médicos intachables escasean.
¿Por qué seré doctora?
Porque si es que de algo estoy más que segura, es que quiero cambiar el mundo. Y si es que con cálidas y hermosas palabras, uno puede cambiar una vida; con hechos llenos de amor y compasión, uno puede cambiar el mundo entero. Juguemos un juego: ¿Qué crees que elijo? ¿De qué manera crees que quiero vivir mi vida? Te soplo la respuesta, porque no acertarás: de ambas.
Una vez conocí a una mujer que me dijo: El refrán de la fotografía y las palabras es un sinsentido, pues el verdadero refrán es el del “un hecho vale más que mil palabras”. Y tiene razón, pues aunque no nos guste creerlo, es así. No es necesario que te grite a los cuatro vientos cuánto te amo, si te lo demuestro con actos. Sin embargo, si te lo digo y te lo demuestro, la tartaleta ya tiene su cereza omnipotente en la cima.
Quiero cambiar el mundo una, dos, tres veces. Quiero darle la vuelta y que éste, me sonría. Quiero ser una doctora que no solo se preocupe en el tener dinero o en el saber tanto como para estar al alcance de un Premio Nobel. Eso, es lo superfluo. Yo quiero ser una doctora que se preocupe meramente en el ser, en el sentir y en el amar. ¿Por qué un medico debe amar y no sólo tratar la maldita enfermedad? Porque el amor es la capacidad de sacrificio que tienes por la otra persona. ¿Cuánto sacrificarías por la pobre anima que se encuentre postrada en una camilla, en la Sala de Emergencias? ¿Soy sólo yo o me parece que los médicos hoy en día, tienen el ceño fruncido en todo momento, una mirada vacía y una mueca de aburrimiento? Es como si los médicos se arrastrasen dolorosamente hacia al paciente, cuando ha sido llamado en pleno sueño profundo.
Sumérgete en un hospital cuyo algodón sea lo más valioso en el universo, pues no hay suficiente dinero para adquirir más. ¿Ya lo hiciste? Ahora, mira a tu alrededor. ¿Qué ves? Yo te digo lo que veo. Veo, en una esquina, a una mujer acongojada, con el corazón escurrido y con lágrimas bañando su rostro. ¿Qué tiene la pobre mujer? Su hijo, de trece años, necesita un riñón. Sin embargo, lo único que el doctor puede ofrecerle es un riñón impreso en papel, una alzada de hombros y una mueca de incomodidad. Dicho doctor ni siquiera se preocupara en preguntar si hay riñones disponibles para el joven, porque no los hay. En la otra esquina, está una famélica niña, deshecha en los brazos de sus padres. Leucemia, le había dicho el doctor. ¿Quién donará la médula? Silencio absoluto. No hay dinero suficiente para siquiera hablar de la aguja que penetrará la médula.
Yo quiero despertar a las tres de la mañana y, con una sonrisa tatuada en el rostro, correr a los brazos de mi paciente. Correr a él, abrazarlo y hacer lo posible por aliviar su dolor. Llenar su rostro de besos y susurrarle palabras de aliento. Yo quiero perderme en las pupilas llenas de felicidad de la madre de un niño que necesite un riñón, cuando le diga que le daré el mío. Yo quiero escuchar la risa melodiosa de una niña con leucemia, cuando se entere de que recibirá mi médula y que con eso, podrá vivir hasta los setenta años. Yo quiero decir: “Hice todo lo posible” de corazón, cuando mis manos estén teñidas de sangre y no haya podido salvar un alma de las manos de la Muerte. Yo quiero inyectar amor directo en la vena y salvar mil y un vidas.
“No todo es color de rosas”, me dirás. Yo te diré que estás en lo cierto, pues hablar de un sólo color es ser demasiado egoístas. Yo quiero pintar el mundo de colores; por eso, seré médica.
Primero, te preguntas si respondí esto en la entrevista de la Cayetano, cuando me preguntaron: ¿Por qué Medicina?
Después, me río, porque me has creído por un breve instante una estúpida.
Por último, te cuento que sé guardar mis secretos muy bien. Así es, te he revelado uno de mis más grandes secretos.
Prométeme que guardarás silencio.





