Fotografía de la escena:

Pergamino arrugado, pluma alargada y desgastada, tinta azul bañando la punta de mis dedos, y palabras, palabras volando por doquier.

martes, 25 de mayo de 2010

Juego de hermanas

Fanfiction de Harry Potter, primera generación: IC, canon.
Narcissa hace trampa.
El juego es simple: ambas se esconden y ella busca. Didáctico, mecánico, simple. No hay nada que comprender, no hay nada que desmenuzar, no hay reglas que asimilar o grabar… a excepción de una tímida e inocente aclaración: No hacer trampas. Porque las tramposas merecen la muerte, según Bella. Pero Narcissa hace trampa, una y otra vez; espía clandestinamente, se mueve con sigilo, corretea de aquí allá. Tramposa. Sus pies comienzan a picarle dolorosamente cuando debe quedarse inmóvil, con el antebrazo cubriendo sus ojos; y sus ojos arden y gritan por ver la luz. Sólo es cuestión de dos segundos: en cuanto Bella se disponga a ir a esconderse – o a buscar a Kreacher – Cissy libera sus pies y echa a andar. Sigue a su hermana y busca desenmascararla, porque Bella no optará al viejo baúl de su madre como escondite, oh, eso si que no. Ella usará lo que está prohibido para ellas, ella usará magia.
Pero como siempre cuando Narcissa hace trampa, Bella la descubre.
Bella se da la vuelta en cuanto oye la respiración temerosa de su hermana y la atrapa in fraganti. La mira y le muestra todo el odio posible con los ojos - un odio imposible de sentir a esa edad, nueve años, para cualquier niño normal. ¿Quién dice que Bellatrix es normal?
— Oh, ¡qué bellos cabellos tienes, Cissy! Oh, ¡Cissy es tan buena! Cissy esto, Cissy lo otro… —escupe Bella mientras la acorrala y la empuja contra la pared, con una pobre imitación de la voz de su madre—. ¿Qué crees que dirá mamá cuando le diga que eras un tramposa, Cissy?
— ¡No hice trampa, no hice trampa! —llora.
— Oh, oh, ¡no hiciste trampa! Espiabas, estúpida. ¿Cómo se supone que jugaremos a las escondidas, si tú vas a curiosear? —una mueca atraviesa su rostro taciturno— ¡Persigue a Andrómeda si quieres hacerlo!
Narcissa sonríe sarcásticamente, tal como lo hace su hermana mayor. — Ella no hace trampa.
Bella se congela en su sitio y sus ojos – a punto de desbordarse de las cuencas – vuelven a la normalidad. — ¿Te atreves a llamarme tramposa, Narcissa? —pregunta.
— Le pides a Kreacher que te oculte. Si él no lo hace, haces que ruede por las escaleras —dice la rubia con un hilo de voz.
Bella traga saliva. Oh, cuánto odia a su hermana. Narcissa siempre había sido lo opuesto a ella y por una extraña razón, eso tenía a su madre maravillada. Oh, como disfrutaba la señora Black peinar ese cabello dorado y lacio una y otra vez, ponerle lazos que contrasten con sus túnicas de clase, salpicar un poco de rubor en esos pequeños melocotones que tenía como pómulos.
Andrómeda irrumpe en la habitación dando saltos. Observa a sus dos hermanas, con las miradas sostenidas. Bella a punto de saltar sobre Cissy y devorarle la mejilla; y Cissy, derretida de temor. Lanza un suspiro.
— ¿Cissy hizo trampa?
— ¡Como si no fuera obvio, 'Drómeda! —brama la pelinegra mientras golpeaba el suelo con la suela de su zapato. Se da la vuelta, completamente molesta, haciendo danzar su cabello azabache sobre sus hombros—. ¡Deberíamos arrancarle esos horribles cabellos!
— ¡No! —chilla Cissy entre lágrimas. Corre hasta su Andrómeda y se lanza a sus brazos—. ¡Ella hizo trampa, ella hizo trampa!
Andrómeda mira a Bellatrix, horrorizada. — Si lo haces, le diré a todos que besaste a Sirius.
El silencio que atrapa el pasillo es casi palpable. Tan sólo se escucha las palpitaciones aceleradas de las tres hermanas y las risillas de Kreacher desde la cocina. Bella deja de respirar por unos segundos, mientras taladra a su hermana con la mirada.
— Sigamos jugando —espeta sin ningún dejo de emoción. La vergüenza la recorre de arriba abajo, la memoriza, se amolda a ella. Por un momento, Bellatrix se sonroja. Esa pálida piel de su rostro sobresale. Pero sólo por un momento, porque luego de unas cuantas palpitaciones de corazón, Bella sigue siendo tan blanca como una hoja de tisú. Su mandíbula tensa se mueve:
— Narcissa, tú buscas.
— Escuché lo de Sirius — susurra Cissy —, y si 'Drómeda se lo calla, no creas que yo haré lo mismo.
Andrómeda ríe.
— ¡Oh, te juro que arrancaré esos cabellos rubios que tienes con tenazas de parrilla!
Corretean, chillan, lloran. Una y otra vez. Narcissa hace trampa, Bellatrix la descubre y Andrómeda las calma… como si de un círculo vicioso se tratara, sin comienzo ni fin. Las tres hermanas juegan todos los días, revoloteando y poniendo la mansión de cabeza.

sábado, 22 de mayo de 2010

Travesía cusqueña

Lunes 10 de mayo. Dos de la madrugada.
El frío viento se escurría por mi chaqueta, calándome los huesos; a mí, y a cuarenta y seis personas más. Todas, incluyéndome, tiritábamos de frío y nos sobábamos las manos, pero lo hacíamos con una indeleble sonrisa en el rostro. Reíamos, bromeábamos, temblábamos de nervios. Los cegadores flashes de las cámaras bailaban por doquier, salvando momentos únicos. Únicos, porque nunca más volveríamos a poner pie en el colegio a las dos de la madrugada. Era ahora o nunca, porque el viaje de promoción sólo ocurre una vez.
En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el aeropuerto con maletas pesadas y expectativas gigantescas; y en tan solo suspiro, ya estábamos en Cuzco, con un mate de coca en nuestras manos. Reíamos, bromeábamos, temblábamos de nervios. Una y otra vez. Nuestros estómagos chillaban y nosotras nos preocupábamos solamente en tomar fotografías y en conocer más y más. En documentar cada precioso momento del viaje. No importaba si nos encontrábamos en una pista sin asfaltar, en la habitación del hotel o frente a una majestuosa montaña que nos quitaba el aliento, igual queríamos una fotografía.
Sin tiempo de calmar nuestras impacientes emociones, ya estábamos dentro de un bus, camino a Dios sabe dónde. No nos importaba si comenzábamos en Chinchero, Machu Picchu u Ollantaytambo, sólo queríamos comenzar. Y así lo hicimos. Subimos escaleras de piedra de casi medio metro, casi muriendo en el intento. Las quejas y protestas de cansancio llegaron a los oídos de muchas, pero al final, nadie pudo evitar agradecer haber quemado esas calorías.
El tiempo corría y nosotros lo perseguíamos. Al atraparlo, lo exprimíamos al máximo, tratando de sacarle el mayor jugo posible.
No importaban las dificultades que se nos cruzaran, nosotras sabíamos cómo burlarnos de ellas y pasar por encima. No importaba si faltaba una en ese viaje, nosotras sabíamos y sentíamos que ella no estaba en Lima mirando televisión y aburriéndose, sino que estaba con nosotras: escalando, corriendo, saltando. No importaba si el fotógrafo no quería tomar fotos espontáneas, porque nosotras le insistíamos una y otra vez hasta que lo hiciera. No importaba si la enfermera no tenía ni una sola pastilla para las enfermas, porque nosotras sacábamos las nuestras y las cedíamos. No importaba si la noche de discoteca se cancelaba, porque nosotras sabíamos cómo divertirnos sin ella.
Hubo mil problemas, pero fueron mil y una alegrías las que sobresalieron. Hubo peleas, gritos, insultos. Pero lo que sobresalió fueron las risas, los monumentos, los préstamos de ropa en la noche, las fotografías graciosas, los chistes, los acosos a los turistas… las alegrías. Eso, fue lo más importante. El solo hecho de que estar juntas, en un lugar diferente, con los grupos mezclados, lo convertía en el paraíso.

lunes, 3 de mayo de 2010

Hermandad con sabor

Para Fer.
El hermano Pecanas está perdido.
Y la hermana Clavo de Olor le busca como si su vida dependiera de ello. Recorre cada uno de los cajones de caoba y corretea por los estantes de cristal. Le busca desesperadamente, gritando su nombre a voz en cuello, pero sólo el silencio le saluda.
La pequeña Clavo de Olor pregunta a las cucharas y discute con los tenedores, pero no hay pista alguna que la guiará a su destino. Se arma de valor y busca a los cuchillos, afilados como los dientes de un tiburón. Tartamudea al estar frente a ellos y juega con su cabello nerviosamente. Sin embargo, no saben de él.
Ni los ralladores ni las espátulas le ayudan. Todos y cada uno de ellos se alza de hombros y niega con la cabeza.
Ella llora silenciosamente y se muerde la lengua. ¿Dónde está el travieso de Pecanas?
Es en cuanto se sienta sobre el tostador, con la cabeza en las manos y el corazón en un puño, cuando escucha su voz. Esa pesada y grave melodía, que al parecer ha quedado impresa en sus oídos para siempre, vuelve a resonar, erizando cada uno de los vellos de su piel.
— ¡Pecanas! —grita, y se lleva una mano a la cabeza, pensando que su imaginación le juega una mala pasada.
Pero no, no es así. El hermano Pecanas está ahí, en una de las rendijas de la tostadora, atascado y abrazado del metal.
La hermana Clavo de Olor lo ve y sus delineados ojos se ensanchan abismalmente.
Una vez liberado Pecanas, Clavo de Olor lo rodea en sus brazos y no lo deja ir. Porque es su trabajo y su responsabilidad. Porque se lo prometió a mamá Canela años atrás: nunca dejaría que nada malo le pase a Pecanas. Siempre lo protegería de los tacaños champiñones y hasta le ayudaría conquistar a la señorita Azúcar.
Y si los espárragos egoístas le molestasen, Clavo de Olor estará ahí, con el cucharón en mano, lista para darles un golpe que los mandará a la sartén caliente.

La octava maravilla: ser madre

Para mi madre
Cuando el reloj da la última campanada del día, marcando la medianoche, la madre se despierta y corre a arropar a su hija. Cuando el reloj anuncia la mitad de la mañana, la madre piensa – radiante de alegría – en las travesuras que debe estar haciendo su hija, en las tonterías que debe estar versando.
Una sonríe, la otra carcajea.
Una solloza, la otra llora.
Una grita, la otra explota.
Una se echa a la cama, la otra bosteza.
No se sabe dónde empieza una y dónde termina la otra.
Una hija de anteojos azules le lanza una almohada púrpura a su madre, con una mueca de enojo en su rostro; la madre le devuelve la almohada con más fuerza, pero con los extremos de la boca alzados en una sonrisa tácita.
Ambas están disparatadamente dementes. Pero eso es lo que las hace tan especiales. Tan inseparables, tan incondicionales.
Son dos pétalos, anclados al centro amarillento, luchando hasta el final para permanecer juntos.
Así son madre e hija; separarlas sería jugarle una pasada a la naturaleza y fallar patéticamente. Sería desafiar las leyes de la gravedad, cuestionar el orden del universo, sería buscarle un comienzo a un círculo.
El manual de cómo ser mamá se perdió desde antes que la cigüeña rompiera su cascarón, y eso es lo que hace más difícil la labor.
Cada madre debe ingeniárselas para llevar en sus hombros el regalo que le dejó la cigüeña, empañárselas para no entrar en pánico cuando la caja de la responsabilidad llegue por correo.
Se pelean, se adoran, se gritan, se abrazan, se empujan, se llenan las mejillas de besos.
La relación que tienen podrá ser extraña, incomprensible y sin pantalones, pero es tan gruesa que ni la tijera más filosa podría cortarla en dos.
Ser mamá es romperse los talones persiguiendo a la hija para ponerle el suéter.
Ser mamá es una maravilla.

Escena perdida de 'La Ladrona de Libros'

La sutileza de aceptar un beso

En cuanto Liesel Meminger escuchó las palabras de Rudy, no pudo evitar rodar los ojos.

Dichas palabras se escapaban de los sonrosados labios del rubio con una ligereza y comodidad, como si hubiera practicado vomitarlas una docena de veces. Las flexiones de su labio inferior estaban casi tatuadas en la mente de Liesel. Y así como las atolondradas palabras de ‘¿Qué tal un beso, Saumensch?’ lograban que el corazón de Liesel se acelerara vergonzosamente; el rechazo hacía que el ego de Rudy se anclara al suelo.
Es 1939, en una Alemania Nazi. El país entero tiene la respiración contenida. Y el dilema de dos almas adolescentes es un beso.
—No, Arschloch, no.
Su cansina voz opacó la verdadera y positiva respuesta.

***FOTOGRAFIA DE RUDY ANTE EL MONSTRUO DEL RECHAZO: ***
Pecas de lodo salpicaban su rostro.
Su pequeña y patética corbata daba las doce en punto.
Su cabello color limón apuntaba a diferentes direcciones con porfía.
Vestía una pequeña y triste sonrisa.

Un par de metros los separaba; un par de metros y una incomodidad áspera.
Rudy era un paradigma de la incertidumbre. Era casi imposible descifrar cuánto más empujaría el hecho de besar a Liesel, o si lo seguiría haciendo. Y eso, aterraba a Liesel.
En un abrir y cerrar de ojos, en una fría mañana en la Himmel Strasse, Rudy dejaría de reclamar el patético beso.

Sí, eso aterraba a Liesel.
—Algún día, Saumensch—susurró Rudy.
Los ojos de su amiga brillaron y su estómago bailoteó.
Saukerl—rió Liesel—. Si accediera, no tendrías los pantalones para hacerlo.

Algo golpeó dentro de Rudy, y por poco lo mandó de bruces.
Algo llamado verdad.
Había pasado tantas tardes ideando maneras de convencer a Liesel, y ninguna para aprender a besar.
—Por supuesto que sí—se burló con nerviosismo.

***NOTA MENTAL DE RUDY:***
Aprender a besar en cuanto llegara a casa.

Mientras caminaban hacia la casa donde Puño de Hierro la esperaba, Rudy se entretuvo contando las manzanas robadas. Liesel arrastró sus lodosos zapatos mientras rebuscaba en recónditos pasillos de su mente.
—Lo dudo—cantó Liesel tras un largo momento. Las palabras se escaparon pausada y claramente, desafiando.
—¿El qué?
—El que puedas besarme, qué más.

Rudy se encontraba desnudo de palabras.
Tomó una reluciente y aparentemente deliciosa manzana y se la lanzó a su amiga.
Sus orbes azules se ensancharon ante su inmadura reacción.

Liesel estalló en risas y echó su cabeza para atrás, haciendo que su cabello rubio se desparramara sobre su espalda. Lo sabía.
—Ya sabía que no podrías, Saukerl.

La fracción de segundo que le tomó a Rudy para asimilar la situación en la que se encontraba, hizo que el Jesse Owens que habitaba en él saliera a la superficie y tomara una bocada de aire.

Dio dos pasos a su derecha hasta chocar con el codo de Liesel. La tomó del hombro.
Sus nervios comenzaron a retorcerse.
Sus labios se unieron con los de Liesel de un solo golpe.
Su mente estalló en mil pedazos.
Se alejó de ella antes de que el reloj diera el segundo.

Liesel voló junto con su hermano muerto y regresó junto a Rudy en un instante. Su corazón galopaba como si hubiera corrido una maratón, y los rubios vellos de su nuca se erizaron.
—¿Eso fue lo mejor, Saukerl?—preguntó con sorna, luego de que su mente volviera a su lugar y sus pies se habituaran a la tierra—. Fue como besar a una pared.

No hubo respuesta.
Un ego herido se retorció en el suelo.
—¿Es así como agradeces, asquerosa Saumensch?
—No, Rudy, es así como acepto a que me beses —sacó su lengua y sus miradas se engancharon—, pero te lo advierto, Arschloch, aprende a hacerlo.

Rudy mordió su labio hasta llegar a casa.
Las puntas de sus dedos apretaron su pantalón hasta adormecerse.
Su autosuficiente sonrisa no se le borró del rostro.
 
***TRES SECRETOS QUE TE SACARÁN UNA SONRISA :***
1. A Liesel le gustó. Le gustó bastante.
2. Liesel robaría el carmín de Mama en cuanto tuviera oportunidad.
3. Rudy Steiner besó su almohada toda la noche.



domingo, 2 de mayo de 2010

El arte de bucear en el gran mar de la amistad

Para Ursula.
La amistad es tan complicada como una telaraña.
La desenredas poco a poco, con esmero y dedicación, hasta que un nudo te juega una mala pasada y se escabulle.
Das dos pasos para atrás, te echas el cabello fuera de los ojos, das un largo respiro; y desenredas el nudo. Sólo para encontrarte con otro más adelante.
Sonríes al pasar las finas hebras por tus dedos sin problema alguno. Avanzas con una grandísima satisfacción, para más tarde retroceder con una sonrisa aún mayor.
Tus nervios se disparan, luchas con tu subconsciente, ruedas los ojos, respiras con pesadez.
Ríes descontroladamente, lloras desmadejadamente, gruñes con la adrenalina golpeando tus venas, suspiras con el corazón en un puño.
Pero, nuevamente, pase lo que pase, desenredas el nudo y sigues adelante. Sigues adelante con una mano enredada en la tuya.
Una mano cuyo nombre sólo puede ser amiga.
La amistad es tan vasta como un profundo mar.
Buceas, tratando de llegar al suelo, pero fallas terriblemente. Intentas, tratando de lograr lo imposible: tocar la perfección con la punta de tus dedos.
Te topas con la amistad repetidas veces al año: le rozas el hombro, le golpeas el codo, le pisas el talón. Pero depende de ti el ladear el rostro, sonreír e intercambiar estrofas.

Érase una vez una niña que perdió el norte

No siempre soñé con ser escritora.
Jugar con palabras era ajeno a mí hasta los doce años. Fue en cuanto metí mis narices en los libros cuando todo comenzó a dar vueltas y vueltas, sembrando miles de inquietudes e interrogantes. Mi patética vida de adolescente dio un vuelco y en un abrir y cerrar de ojos, me encontré devorando libros sin tomar aliento. Encontré una puerta, y no dudé ni un segundo en cruzarla. La paz y tranquilidad que se encuentra tras los libros y la imaginación es el mejor remedio para los problemas.
Entonces, tras primaveras de lectura, me decidí. Sería escritora y cambiaría el mundo con sólo palabras. Sólo era cuestión de tomar la pluma, estirar el arrugado pergamino y escribir. Perderme en cada una de las vocales y más tarde, encontrarme en las torcidas tildes.
Y tan rápido como llegó el pájaro, éste se fue.
Estudiaré medicina.
Reiré con bisturíes y le confesaré mis más grandes secretos al estetoscopio. Guardaré mis palabras en una caja de cristal y la lanzaré al olvido. Pegaré mi frente al frío vidrio de las librerías y observaré con detenimiento las portadas de los libros mejor vendidos, mientras que los monótonos ensayos de genética molecular me esperarán en casa.
Y cuando haya tenido suficiente del esqueleto craneofacial y de la dermolipectomia circular, echaré todo al basurero. Encontraré mi pluma bañada por una fina capa de polvo y mi arrugado pergamino carcomido por las polillas.
Limpiaré las palabras con un pañuelo de seda y las abrazaré con todas mis fuerzas.
Dentro de unos cuantos años, tal vez.