El frío viento se escurría por mi chaqueta, calándome los huesos; a mí, y a cuarenta y seis personas más. Todas, incluyéndome, tiritábamos de frío y nos sobábamos las manos, pero lo hacíamos con una indeleble sonrisa en el rostro. Reíamos, bromeábamos, temblábamos de nervios. Los cegadores flashes de las cámaras bailaban por doquier, salvando momentos únicos. Únicos, porque nunca más volveríamos a poner pie en el colegio a las dos de la madrugada. Era ahora o nunca, porque el viaje de promoción sólo ocurre una vez.
En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el aeropuerto con maletas pesadas y expectativas gigantescas; y en tan solo suspiro, ya estábamos en Cuzco, con un mate de coca en nuestras manos. Reíamos, bromeábamos, temblábamos de nervios. Una y otra vez. Nuestros estómagos chillaban y nosotras nos preocupábamos solamente en tomar fotografías y en conocer más y más. En documentar cada precioso momento del viaje. No importaba si nos encontrábamos en una pista sin asfaltar, en la habitación del hotel o frente a una majestuosa montaña que nos quitaba el aliento, igual queríamos una fotografía.
Sin tiempo de calmar nuestras impacientes emociones, ya estábamos dentro de un bus, camino a Dios sabe dónde. No nos importaba si comenzábamos en Chinchero, Machu Picchu u Ollantaytambo, sólo queríamos comenzar. Y así lo hicimos. Subimos escaleras de piedra de casi medio metro, casi muriendo en el intento. Las quejas y protestas de cansancio llegaron a los oídos de muchas, pero al final, nadie pudo evitar agradecer haber quemado esas calorías.
El tiempo corría y nosotros lo perseguíamos. Al atraparlo, lo exprimíamos al máximo, tratando de sacarle el mayor jugo posible.
No importaban las dificultades que se nos cruzaran, nosotras sabíamos cómo burlarnos de ellas y pasar por encima. No importaba si faltaba una en ese viaje, nosotras sabíamos y sentíamos que ella no estaba en Lima mirando televisión y aburriéndose, sino que estaba con nosotras: escalando, corriendo, saltando. No importaba si el fotógrafo no quería tomar fotos espontáneas, porque nosotras le insistíamos una y otra vez hasta que lo hiciera. No importaba si la enfermera no tenía ni una sola pastilla para las enfermas, porque nosotras sacábamos las nuestras y las cedíamos. No importaba si la noche de discoteca se cancelaba, porque nosotras sabíamos cómo divertirnos sin ella.
Hubo mil problemas, pero fueron mil y una alegrías las que sobresalieron. Hubo peleas, gritos, insultos. Pero lo que sobresalió fueron las risas, los monumentos, los préstamos de ropa en la noche, las fotografías graciosas, los chistes, los acosos a los turistas… las alegrías. Eso, fue lo más importante. El solo hecho de que estar juntas, en un lugar diferente, con los grupos mezclados, lo convertía en el paraíso.


No hay comentarios:
Publicar un comentario