Para mi madre
Cuando el reloj da la última campanada del día, marcando la medianoche, la madre se despierta y corre a arropar a su hija. Cuando el reloj anuncia la mitad de la mañana, la madre piensa – radiante de alegría – en las travesuras que debe estar haciendo su hija, en las tonterías que debe estar versando.
Una sonríe, la otra carcajea.
Una solloza, la otra llora.
Una grita, la otra explota.
Una se echa a la cama, la otra bosteza.
No se sabe dónde empieza una y dónde termina la otra.
Una hija de anteojos azules le lanza una almohada púrpura a su madre, con una mueca de enojo en su rostro; la madre le devuelve la almohada con más fuerza, pero con los extremos de la boca alzados en una sonrisa tácita.
Ambas están disparatadamente dementes. Pero eso es lo que las hace tan especiales. Tan inseparables, tan incondicionales.
Son dos pétalos, anclados al centro amarillento, luchando hasta el final para permanecer juntos.
Así son madre e hija; separarlas sería jugarle una pasada a la naturaleza y fallar patéticamente. Sería desafiar las leyes de la gravedad, cuestionar el orden del universo, sería buscarle un comienzo a un círculo.
El manual de cómo ser mamá se perdió desde antes que la cigüeña rompiera su cascarón, y eso es lo que hace más difícil la labor.
Cada madre debe ingeniárselas para llevar en sus hombros el regalo que le dejó la cigüeña, empañárselas para no entrar en pánico cuando la caja de la responsabilidad llegue por correo.
Se pelean, se adoran, se gritan, se abrazan, se empujan, se llenan las mejillas de besos.
La relación que tienen podrá ser extraña, incomprensible y sin pantalones, pero es tan gruesa que ni la tijera más filosa podría cortarla en dos.
Ser mamá es romperse los talones persiguiendo a la hija para ponerle el suéter.
Ser mamá es una maravilla.

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