Para Fer.
El hermano Pecanas está perdido.
Y la hermana Clavo de Olor le busca como si su vida dependiera de ello. Recorre cada uno de los cajones de caoba y corretea por los estantes de cristal. Le busca desesperadamente, gritando su nombre a voz en cuello, pero sólo el silencio le saluda.
La pequeña Clavo de Olor pregunta a las cucharas y discute con los tenedores, pero no hay pista alguna que la guiará a su destino. Se arma de valor y busca a los cuchillos, afilados como los dientes de un tiburón. Tartamudea al estar frente a ellos y juega con su cabello nerviosamente. Sin embargo, no saben de él.
Ni los ralladores ni las espátulas le ayudan. Todos y cada uno de ellos se alza de hombros y niega con la cabeza.
Ella llora silenciosamente y se muerde la lengua. ¿Dónde está el travieso de Pecanas?
Es en cuanto se sienta sobre el tostador, con la cabeza en las manos y el corazón en un puño, cuando escucha su voz. Esa pesada y grave melodía, que al parecer ha quedado impresa en sus oídos para siempre, vuelve a resonar, erizando cada uno de los vellos de su piel.
— ¡Pecanas! —grita, y se lleva una mano a la cabeza, pensando que su imaginación le juega una mala pasada.
Pero no, no es así. El hermano Pecanas está ahí, en una de las rendijas de la tostadora, atascado y abrazado del metal.
La hermana Clavo de Olor lo ve y sus delineados ojos se ensanchan abismalmente.
Una vez liberado Pecanas, Clavo de Olor lo rodea en sus brazos y no lo deja ir. Porque es su trabajo y su responsabilidad. Porque se lo prometió a mamá Canela años atrás: nunca dejaría que nada malo le pase a Pecanas. Siempre lo protegería de los tacaños champiñones y hasta le ayudaría conquistar a la señorita Azúcar.
Y si los espárragos egoístas le molestasen, Clavo de Olor estará ahí, con el cucharón en mano, lista para darles un golpe que los mandará a la sartén caliente.

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