No siempre soñé con ser escritora.
Jugar con palabras era ajeno a mí hasta los doce años. Fue en cuanto metí mis narices en los libros cuando todo comenzó a dar vueltas y vueltas, sembrando miles de inquietudes e interrogantes. Mi patética vida de adolescente dio un vuelco y en un abrir y cerrar de ojos, me encontré devorando libros sin tomar aliento. Encontré una puerta, y no dudé ni un segundo en cruzarla. La paz y tranquilidad que se encuentra tras los libros y la imaginación es el mejor remedio para los problemas.
Entonces, tras primaveras de lectura, me decidí. Sería escritora y cambiaría el mundo con sólo palabras. Sólo era cuestión de tomar la pluma, estirar el arrugado pergamino y escribir. Perderme en cada una de las vocales y más tarde, encontrarme en las torcidas tildes.
Y tan rápido como llegó el pájaro, éste se fue.
Estudiaré medicina.
Reiré con bisturíes y le confesaré mis más grandes secretos al estetoscopio. Guardaré mis palabras en una caja de cristal y la lanzaré al olvido. Pegaré mi frente al frío vidrio de las librerías y observaré con detenimiento las portadas de los libros mejor vendidos, mientras que los monótonos ensayos de genética molecular me esperarán en casa.
Y cuando haya tenido suficiente del esqueleto craneofacial y de la dermolipectomia circular, echaré todo al basurero. Encontraré mi pluma bañada por una fina capa de polvo y mi arrugado pergamino carcomido por las polillas.
Limpiaré las palabras con un pañuelo de seda y las abrazaré con todas mis fuerzas.
Dentro de unos cuantos años, tal vez. 
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