Fotografía de la escena:

Pergamino arrugado, pluma alargada y desgastada, tinta azul bañando la punta de mis dedos, y palabras, palabras volando por doquier.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Bailarina

Para Adriana, porque ella baila


Ella baila.

En cuanto la música se filtra por sus oídos, se filtra por cada una de las arterias de su corazón, haciéndola levantarse en vilo, estirarse como un cisne, y bailar. Sus dedos se estiran como los de un pianista apasionado, sus caderas se convierten en un vaivén acompasado, sus piernas y brazos se mueven con rapidez y frescura, como si se trataran de marionetas del viento. Y sus pies, sus pies son dos cintas de encaje delicado con nadan sobre el escenario.

En cuanto tus ojos se posan sobre ella, te detienes. La observas bailar y te preguntas mil y un cosas. Escapas de la realidad y te pierdes en su baile.

Ella baila.

El público aguarda una maravillosa actuación. Ella les entrega eso y mucho más. Porque en cuanto su figura es revelada por las cortinas omnipotentes del escenario, te pierdes no sólo en sus ojos vidriosos, emocionados de estar abrazando la felicidad que encuentra al bailar; sino que también te encuentras con gritos que emanan de su cuerpo. Gritos que parecen susurros a veces. Tienes que oírlos para poder terminar escuchándolos realmente.

Déjame que te cuente qué susurran esos gritos. Una sola oración: Nací para esto.

No lo entiendes, porque no bailas como ella lo hace. No encuentras el sentido de las palabras cuando comienzas a moverte al compás de la música. No sientes como tu mundo se convierte en un paraíso cuando te elevas en puntillas. No sonríes cuando ves a alguien bailar, con la misma pasión que tú. No suspiras cuando echas la cabeza para atrás, dejando caer los rizos hacia el olvido, mientras escuchas la melodía enamorada. No sientes cómo cada una de sus células tiembla en cuanto comienzas a dar vueltas como un ángel. No lloras cuando caes, tras haber fallado en un movimiento. No bailas como ella lo hace.

Ella baila una y otra vez. Porque nació para hacerlo.

Ella es administradora de profesión, pero bailarina de corazón.

Nunca lo entenderías. No bailas como ella.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cambiando el mundo, a mi estilo.

Ser doctor no es una profesión, sino un estilo de vida.

Déjame que te susurre el por qué no seré escritora aún.

Déjame que te grite a voz en cuello el porqué si seré doctora.

No logro comprender por qué la mayoría de los médicos son tan imbéciles. Imbéciles por los cuatro contornos de la palabra. ¿Imbéciles?, me preguntas.

Imbéciles, te respondo. Y estoy harta de ver grandes y exorbitantes sumas de dinero caer a los bolsillos holgados de los médicos, de escuchar noticias que traten de cercenamientos de piernas equivocadas o de olvido de tijeras dentro de un útero. ¿Por qué?, me pregunto una y otra vez. ¿Es que acaso los médicos olvidaron la gran responsabilidad que conlleva ser medico? ¿Olvidaron por qué se encaminaron por esa carretera rocosa y llena de obstáculos?

Es una lástima. Porque el mundo no necesita a personas soberbias y materialistas, que vistan níveas y pulcras batas y se pavoneen por los largos pasillos de una Clínica, con unos zapatos demasiado grandes para ellos. Es una lástima, porque el número de gente necesitada aumenta día a día; y, te diré, los médicos intachables escasean.

¿Por qué seré doctora?

Porque si es que de algo estoy más que segura, es que quiero cambiar el mundo. Y si es que con cálidas y hermosas palabras, uno puede cambiar una vida; con hechos llenos de amor y compasión, uno puede cambiar el mundo entero. Juguemos un juego: ¿Qué crees que elijo? ¿De qué manera crees que quiero vivir mi vida? Te soplo la respuesta, porque no acertarás: de ambas.

Una vez conocí a una mujer que me dijo: El refrán de la fotografía y las palabras es un sinsentido, pues el verdadero refrán es el del “un hecho vale más que mil palabras”. Y tiene razón, pues aunque no nos guste creerlo, es así. No es necesario que te grite a los cuatro vientos cuánto te amo, si te lo demuestro con actos. Sin embargo, si te lo digo y te lo demuestro, la tartaleta ya tiene su cereza omnipotente en la cima.

Quiero cambiar el mundo una, dos, tres veces. Quiero darle la vuelta y que éste, me sonría. Quiero ser una doctora que no solo se preocupe en el tener dinero o en el saber tanto como para estar al alcance de un Premio Nobel. Eso, es lo superfluo. Yo quiero ser una doctora que se preocupe meramente en el ser, en el sentir y en el amar. ¿Por qué un medico debe amar y no sólo tratar la maldita enfermedad? Porque el amor es la capacidad de sacrificio que tienes por la otra persona. ¿Cuánto sacrificarías por la pobre anima que se encuentre postrada en una camilla, en la Sala de Emergencias? ¿Soy sólo yo o me parece que los médicos hoy en día, tienen el ceño fruncido en todo momento, una mirada vacía y una mueca de aburrimiento? Es como si los médicos se arrastrasen dolorosamente hacia al paciente, cuando ha sido llamado en pleno sueño profundo.

Sumérgete en un hospital cuyo algodón sea lo más valioso en el universo, pues no hay suficiente dinero para adquirir más. ¿Ya lo hiciste? Ahora, mira a tu alrededor. ¿Qué ves? Yo te digo lo que veo. Veo, en una esquina, a una mujer acongojada, con el corazón escurrido y con lágrimas bañando su rostro. ¿Qué tiene la pobre mujer? Su hijo, de trece años, necesita un riñón. Sin embargo, lo único que el doctor puede ofrecerle es un riñón impreso en papel, una alzada de hombros y una mueca de incomodidad. Dicho doctor ni siquiera se preocupara en preguntar si hay riñones disponibles para el joven, porque no los hay. En la otra esquina, está una famélica niña, deshecha en los brazos de sus padres. Leucemia, le había dicho el doctor. ¿Quién donará la médula? Silencio absoluto. No hay dinero suficiente para siquiera hablar de la aguja que penetrará la médula.

Yo quiero despertar a las tres de la mañana y, con una sonrisa tatuada en el rostro, correr a los brazos de mi paciente. Correr a él, abrazarlo y hacer lo posible por aliviar su dolor. Llenar su rostro de besos y susurrarle palabras de aliento. Yo quiero perderme en las pupilas llenas de felicidad de la madre de un niño que necesite un riñón, cuando le diga que le daré el mío. Yo quiero escuchar la risa melodiosa de una niña con leucemia, cuando se entere de que recibirá mi médula y que con eso, podrá vivir hasta los setenta años. Yo quiero decir: “Hice todo lo posible” de corazón, cuando mis manos estén teñidas de sangre y no haya podido salvar un alma de las manos de la Muerte. Yo quiero inyectar amor directo en la vena y salvar mil y un vidas.

“No todo es color de rosas”, me dirás. Yo te diré que estás en lo cierto, pues hablar de un sólo color es ser demasiado egoístas. Yo quiero pintar el mundo de colores; por eso, seré médica.

Primero, te preguntas si respondí esto en la entrevista de la Cayetano, cuando me preguntaron: ¿Por qué Medicina?
Después, me río, porque me has creído por un breve instante una estúpida.
Por último, te cuento que sé guardar mis secretos muy bien. Así es, te he revelado uno de mis más grandes secretos.

Prométeme que guardarás silencio.

domingo, 28 de noviembre de 2010

"Ser fuertes", para tontos

 Con o sin ayuda, aprendes a levantarte

En algún momento de tu vida, flaquearás. Tus rodillas cederán, tarde o temprano, y estarás al borde de desmoronarte, como si fueras un débil y tambaleante castillo de naipes.  Mil y un obstáculos se te presentarán, tropezarás y rasparás tus codos. Pero, lo más importante: mil y un veces deberás levantarte. ¿Cuán fuerte eres?, es mi pregunta. ¿Quién te enseñó a serlo? Tener la respuesta te costará unos segundos; minutos, tal vez. El breve instante que te tomará vociferar la respuesta será suficiente para que una palabra se cruce por tu mente. Familia. No podemos hablar de lucha, sin mencionar a quienes te enseñaron a luchar; no podemos hablar de esfuerzo, sin nombrar a quienes te explicaron lo que era esforzarse; no podemos hablar de fortaleza, sin hablar de quienes fueron fuertes para ti, dándote un ejemplo a seguir. Sin embargo, ¿son todos conscientes de eso? Este ensayo girará en torno a la fortaleza y al estrecho vínculo que tiene con la familia; ya que, después de todo, la familia fuerte y la fortaleza familiar… no son tan diferentes.
El papel que cumple la familia en nuestras vidas es protagónico. Podría decirse que la familia es necesaria para la persona humana, ya que permite que éste se desenvuelva en sociedad, por los valores, el apoyo y amor que engloba. La familia siempre ha sido y será el pilar de la sociedad. Así, la familia se convierte en un majestuoso castillo, que además de proteger y sostener a sus miembros, éstos deberán defenderla de los ataques y engrandecerla poco a poco, fuerte y erguida. Según el Instituto de Ciencias para la Familia de Pamplona, <>. A la familia se le debe todo, desde los fracaso hasta los triunfos.
Muchas personas, sin embargo, piensan que vivir en familia significa perder libertad individual e independencia. Pero, no, no es así: estar rodeado de personas que te aconsejen, apoyen y brinden amor, no es esclavitud. Cuando nacemos, nadie nos pregunta si queremos tener una familia o si preferimos crecer y vivir por nuestra cuenta, en un apartamento. A temprana edad, no podemos valernos por nosotros mismos, y necesitamos imperativamente de otros. No podemos enfrentar nuestros problemas y lograr metas, porque a esa edad, nuestra más grande dificultad es que se rompió nuestro juguete favorito, y, lamentablemente, el mundo no está lleno de juguetes rotos, sino que de obstáculos que se alzarán como montañas ante nuestros ojos. 
Es desde que nacemos, cuando la familia comienza a trabajar. De pequeños, cuando aún aprendíamos a andar, caímos varias veces. A pesar de eso, siempre hubo alguien que nos ayudó a levantarnos y nos enseñó a no cometer los mismos errores. Ese alguien fue una madre, un padre, un hermano o un abuelo. Louis Pasteur, reconocido químico y físico, dijo hace unos años: << No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas>>. Con eso, llegamos a la conclusión de que no aprendimos a levantarnos solos, sino que fueron otros los que nos enseñaron delicadamente a hacerlo. Fue tu familia la que te enseñó a cepillarte los dientes tres veces al día. Fue mi familia la que me enseñó a atar los cordones de mis zapatillas. Y lo más importante: fueron nuestras familias las que nos enseñaron a luchar con fortaleza día a día a lo largo de la vida.
Los obstáculos aparecen varias veces. Son difíciles de vencer, sí, pero no imposibles. Las metas nacen a cada momento; son difíciles de cumplir, sí, pero no imposibles. ¿Por qué no son imposibles?, te pregunto. En la familia, uno aprende a gatear, para después caminar y, y por último, correr. En la familia uno a aprende a caer de bruces, para después levantarse como si nada hubiera pasado. Y lo más importante es que a pesar que tu familia ya te haya enseñado todos los trucos posibles, ésta se quedará a tu lado, recordándotelos una y otras vez, hasta que te salgan a la perfección. Es por eso que no son imposibles. Porque alguien, hace mucho tiempo, te enseñó a no rendirte, a ser fuerte y perseverante hasta el final. Con ese valioso conocimiento, eres capaz de conquistar al universo, y mucho más.

El ruego de la Madre Naturaleza

Comencé con un ensayo de Teoría del Conocimiento y terminé recordando el árbol que una vez planté

Sólo basta asomarse por la ventana y observar detenidamente nuestro alrededor. La naturaleza nos rodea, y en la mayoría de los casos, la naturaleza misma esta dañada por la acción del hombre. ¿Hay acaso alguna manera determinada por la cual debamos tratar a nuestro medio, a la madre naturaleza? Este ensayo girará en torno a nuestra obligación ética de tratar el medio natural en el que vivimos y en torno al impacto que hemos causado en éste, con el correr de los años.

Nuestros más lejanos ancestros, Adán y Eva, también conocieron a la madre naturaleza, pues ésta, es mucho más antigua que todos los hombres. No ha habido ser que no haya conocido, vivido y fenecido rodeado de la naturaleza. Naturaleza entendemos por los vastos y amplios valles que nacieron en América del Sur, y por los áridos e infértiles desiertos de África; por los majestuosos arboles de copa tan lejana como una estrella, y por los arbustos diminutos que habitan alrededor de las casas; entendemos naturaleza por los omnipotentes mamíferos depredadores, y así como los insignificantes insectos de colores. Y, lo más importante: nosotros cumplimos un papel muy importante en ese medio.

Sin embargo, no todo lo que nos rodea es naturaleza. Nos rodea, sí, pero cada vez se le ve menos; y es necesario hacer viajes exhaustivos para llegar a un lugar donde por los cuatro costados, te encuentres cara a cara con la naturaleza. El hombre, bajo el lema de “Modernización es progreso”, ha ido opacando a la naturaleza, dejándola de lado. ¿Cómo? De mil y un maneras. Levantando edificios de altura interminable en los bosques, construyendo pistas y carreteras en valles que permanecieron vírgenes por muchos siglos, llevando la urbanización a todos los lugares posibles. Y eso no es todo: no solo se trata de cortar de raíz a un valle y rellenarlo con un millar de casas, sino que también de un mal trato. El hombre, no solo ha ido desapareciendo a la naturaleza paulatinamente –a un ritmo que cada vez adquiere mayor velocidad- sino que también ha descuidado y maltratado lo que queda de naturaleza, la cual cada vez es menor.


Cuando hablamos de un maltrato por parte del ser humano hacia el medio ambiente aparecen palabras como: contaminación, tala indebida de arboles, explotación no inteligente de los recursos (sobreexplotación, en muchos casos), derrame de petróleo en océanos, calentamiento global, entre otros. Esto no es algo lejano, o ajeno a nosotros. Sino que hablamos de hechos, hechos que aparecen a diario en las noticias de las seis de la mañana. No hay persona que pueda decir y defender que no ha contaminado nunca o que nunca ha maltratado al medio ambiente. Nunca digas nunca. Basta con lanzar un –aparentemente insignificante- envoltorio de caramelo, para darle un golpe en las costillas a la madre naturaleza. ¿Qué niño, adolescente o adulto nunca (en su vida) lanzó un envoltorio de galletas a la vereda, cuando no encontró un basurero cerca o cuando si había uno, a medio paso de distancia, pero era demasiada la pereza que sentía? Sería imposible encontrarlo. Está claro que lanzar un envoltorio a la vereda parece no dañar a nadie, pero lo hace. Si cada persona del mundo ha tirado un envoltorio, sólo uno, al piso; ¿cuántos envoltorios son en total? Serían 6 972 688 217 envoltorios. Tantos envoltorios podrían llenar el Empire State Building tres veces.


El problema aquí, no sólo son envoltorios, porque la gente no sólo echa a la calle envoltorios. Las personas no sólo echan al rio o mar envoltorios. Las personas no sólo echan a los parques envoltorios. Echamos todo tipo de cosas inservibles, desde muebles de un metro de alto, hasta pilas gastadas. Desde cascaras de plátanos hasta pañales sucios. Desde un perfume de olor desagradable hasta tanques de ácidos. Basta con hacernos esta pregunta: ¿A dónde llega a parar nuestra basura? El camión de basura llega puntual a nuestras puertas y se encarga de desaparecer las bolsas malolientes de nuestra vista, pero, ¿a dónde las lleva el camión de basura? A la naturaleza, porque si de algo estamos seguros, es que no va a parar a un edificio moderno, con aire acondicionado y vista a la playa. No, sino que va a parar a la mismísima playa. ¿Cuántos países podrían ser sofocados con toda la basura del mundo? La respuesta a esa pregunta, es preocupante.


Otra pregunta muy importante, que todos deberíamos hacernos, es: ¿Cómo tratamos a los animales? La vida de un ser humano sin animales, no sólo sería solitaria y sin diversión, sino que… no sería vida en lo absoluto. Si bien podemos alimentarnos fácilmente de vegetales o frutos, ¿Qué hay de la carne energética que adquirimos de los animales? ¿De todos los alimentos derivados de animales? Nuestras vidas se volverían insignificantes y sin sentido; moriríamos en un abrir y cerrar de ojos. El problema, no obstante, no es la ignorancia sobre este tema, porque no hay persona en el mundo que no sepa de la importancia de los animales en nuestras vidas. El verdadero problema es que a pesar de saberlo, muchos no hacen nada al respecto, sino que se alzan de hombros y continúan. Un ejemplo claro para esto, son los animales extinguidos y los que están a punto de extinguirse. Hoy en día están a punto de extinguirse 50 especies de animales. Mañana, ¿otras cincuenta? A este paso, seremos más que capaces de poner fecha y hora exacta para la extinción total de los animales. ¿Es así como le pagamos a la naturaleza? ¿Es así como tratamos el medio en que vivimos, a nuestro hogar? Alexandr Herzen, hace unos años dijo, La naturaleza hace grandes obra sin esperar recompensa alguna; y nosotros, ¿Qué hacemos?

Por otro lado, para muchas personas, la madre naturaleza no se queda atrás, sino que responde de la misma manera –o peor- que nosotros. En el periódico también encontramos noticias sobre huaycos, maremotos, tornados, tormentas y terremotos que dejan miles de vidas atrás. Pero, ¿es realmente la naturaleza quien está atrás de todos estos acontecimientos, o es el hombre? La respuesta es más clara que el agua: ambos. Si es que el hombre no hubiera dañado la capa de ozono, contaminando y utilizando aerosoles, no sabríamos lo que significa un calor infernal en invierno o la desaparición de nevados y el descongelamiento de los polos. Si es que el hombre no hubiera contaminado excesivamente, no tendríamos idea sobre la lluvia acida o el efecto invernadero. Todo esto, son causas de los desastres naturales, por lo cual no estamos en la posición de quejarnos.


¿Por qué?, muchos se preguntan. ¿Por qué las personas actúan así? Desconsideradamente, egoístamente, ignorantemente. Porque no toman conciencia y no saben lo que hacen. La raíz del gran problema que es “el trato hacia el medio ambiente” es la educación. Si bien hoy en día existen campañas de reciclaje, campañas de “plantando un árbol”, de limpieza de parques, de “tomemos conciencia”… Sin embargo, no es suficiente para cambiar todo el daño hecho los años pasados. No es suficiente para cambiar la mentalidad de más de 6 mil millones de personas. Entonces, ¿qué debemos hacer? Seguir adelante es la respuesta, continuar tratando de cambiar, de mejorar. Ya que, como dijo Albert Einstein: “El mundo es un lugar peligroso. No por causa de los que hacen el mal, sino por aquellos que no hacen nada por evitarlo”; debemos hacer algo al respecto y no quedarnos de brazos cruzados. Debemos tomar conciencia sobre el trato que la naturaleza se merece.

¿Tenemos la obligación y el deber de tratar de alguna manera determinada a la naturaleza? ¿La naturaleza se merece un trato ético por parte de nosotros? La respuesta, es sí. Así como cuidamos minuciosamente nuestros nuevos zapatos de gamuza o cuidamos que nuestro departamento esté impecable, sin una pizca de polvo; debemos hacer lo mismo con el medio en el que vivimos, con la naturaleza… y hasta más. Porque los árboles o los animales no tienen una etiqueta de precio. No podemos destruirlos y volver a adquirirlos en la tienda más cercana. Una vez que el delfín rosado se extinga, no podremos comprar uno en mercadolibre.com. No, sino que todo lo contrario. ¿Estamos dispuestos a perderlo todo, por el simple hecho de no saber comportarnos y amar a lo que nos rodea? Nadie lo está.




¿Por qué leer 'La Ladrona de Libros'?

Déjame que te cambie la vida


La ladrona de libros me susurró palabras de aliento cuando más lo necesitaba.
Sopló las respuestas a mi oído y una calma infinita quedó tatuada sobre mi piel. La ladrona de libros me enseñó lo que verdaderamente era la literatura. Me enseñó cómo uno puede sumergirse entre líneas y encontrarse en cada una de las consonantes.
Son sus palabras delicadas las que convierten la lectura en una paciente melodía. Una vez embutida la nariz en las páginas, todo comienza a dar vueltas. Las letras danzan a tu alrededor y las mundanas preocupaciones salen corriendo por la puerta trasera. Subes cada uno de los capítulos y terminas volando hacia el final con una sonrisa. Llena de felicidad y tristeza a la vez.
Lloré y carcajeé con La ladrona de libros. Me mostró poco a poco lo que verdaderamente fue el holocausto nazi y el dolor y sufrimiento que lo acompañó. Pero también, y esto es lo más importante, me mostró las siete verdades de la amistad y cómo el amor perdura hasta en las peores de las circunstancias.
Una vez que comiences, no te detengas. Deja de Liesel te coja de la mano y te cuente su historia en delicados y juguetones versos. Deja que te cuente cómo robó libro tras libro y cómo se hizo mejor amiga de las palabras.
Piérdete por un breve instante en la calle Himmel y juega con Rudy hasta que tus tobillos ardan.

Se llama "No ingresar a la primera", ¿lo conoces?

La historia de cómo no ingresé  a la universidad

Resulta gracioso caer en la cuenta que solo bastó dar click, para que ciento cincuenta y nueve corazones se rompiesen.
Lo más duro no es ver cómo las sonrisas de las personas que te rodean se convierten en muecas tristes y en llanto silencioso. Tampoco es imaginarte los rostros de las personas que esperaban y confiaban ciegamente en que no los defraudarías. Lo más duro, sin duda, es sentir cómo el fracaso te acaricia cada célula del cuerpo.
Fue alrededor de las ocho de la noche de un 11 de noviembre, cuando di ese click. Y sí, mi corazón se rompió. Fatídico, te lo aseguro. Busqué mi nombre dos veces en los cincuenta primeros puestos. No me encontré. Te contaré cómo fue. Primero vino la incredulidad; después, el fracaso y el dolor se abrieron paso. Esa fracción de segundo, duró una eternidad. Pude sentir cómo mi corazón se convirtió en un puño, para luego caerse hasta las plantas de mis pies. Mil y un pensamientos asaltaron mi mente. Mi madre, fiel, se encontraba en el mismo lugar de siempre: a mi lado. Eso fue un golpe en el estomago.
Miré a esa mujer que tanto amo y admiro y negué con la cabeza. No. No había ingresado.
Después de la incredulidad, vino el dolor y ese sentimiento de fracaso que hace cosquillas hasta perder la cordura. Lo que ocurrió después de cerciorarme de que había fracasado - porque en ese momento eso era lo que pensaba y sentía -, fue derrumbarme y derretirme en los brazos de mi madre. Lloré como nunca lo había hecho. Lloré como si hubiera perdido la vida en ese examen. Quise morir, no te mentiré. Pues fue la primera vez que probaba la amarga manzana del fracaso.
No te lo voy a negar: por un momento creí que lo lograría. No sé qué fue lo que impidió que ingresara. ¿Habrá sido el problema de geometría que no supe resolver? ¿El problema de gramática? ¿Los nervios que sentí ante una pregunta de política peruana? No lo sé. He repasado cientos de veces lo que ocurrió y sigo sin encontrar el fallo principal, porque fallos encontré miles. ¿Qué fue lo que me dejó atrás?
Lloré. Grité. Y traté de castigarme viendo una y otra vez mi resultado. Puesto 64. Sesenta y cuatro. Era un fracaso.
Y como ocurre siempre, después de la tormenta viene la calma.
¿Qué pasaría si hubiera ingresado? Podría haber sido atropellada cuando me disponía a hacerme la prueba de TBC. Podría haber sido reprobada en Química, Física o Biología; dado a mis pobres conocimientos en esos cursos. Podría haberme rodado por las escaleras el primer día de clases, y haber sufrido un daño cerebral que me hubiera impedido ser médica o ser zapatera siquiera. ¡Podría haber sido aplastada por un asteroide!
O podría haber sido muy feliz.
No lo sé. Lo que sí sé es que se lo preguntaré a Dios en cuanto pueda. Lo que sí sé es que todo ocurre por una razón y Dios sabe perfectamente esa razón. Lo que también sé es que el próximo año no ingresare en el puesto 50, como me hubiera conformado este año. Ingresaré en uno de los primeros puestos. Como se lo dije a Marcos, no es una promesa. Es un hecho. Porque si es que este año me esforcé, el próximo lo haré aun más. Si este año sacrifiqué muchas cosas, el próximo lo haré aun más. Si este año saqueé 560 en el examen, el próximo sacaré más de 600. Y si este año di una muy buena entrevista, el próximo daré una excelente.
Me hubiera fascinado ingresar este año, te lo digo con la mano en el pecho. Pero, qué preciosa seria la vida si fuera así de fácil. Hubiera sido grandioso decir por primera vez: Ingresé. Hubiera sido grandioso sentir como la clara de huevo se desliza por tu frente.
¿Pero sabes qué es aun más grandioso? El tener una frase en tu poder, y que será tuya para siempre: Yo me caí y lloré por las heridas de mis rodillas; pero me levanté y seguí. Cojearé, al comienzo, pero sé que en algún momento –hoy, mañana o la próxima semana– volveré a caminar con normalidad, para luego correr.
Espera un año y podrás verme con mis scrubs celestes y mis zapatillas amarillas.
Antes de irme a dormir y pasar de página: ¿Sabes que es aun más gracioso? ¿Más gracioso que todo lo que sentí y escribí? Que cuando ingresas y lo pones en Facebook, recibes mil notificaciones por segundo. Cuando no ingresas, no recibes notificación alguna. Y si sí lo haces, es entonces a un paso de tortuga reumática coja.

martes, 25 de mayo de 2010

Juego de hermanas

Fanfiction de Harry Potter, primera generación: IC, canon.
Narcissa hace trampa.
El juego es simple: ambas se esconden y ella busca. Didáctico, mecánico, simple. No hay nada que comprender, no hay nada que desmenuzar, no hay reglas que asimilar o grabar… a excepción de una tímida e inocente aclaración: No hacer trampas. Porque las tramposas merecen la muerte, según Bella. Pero Narcissa hace trampa, una y otra vez; espía clandestinamente, se mueve con sigilo, corretea de aquí allá. Tramposa. Sus pies comienzan a picarle dolorosamente cuando debe quedarse inmóvil, con el antebrazo cubriendo sus ojos; y sus ojos arden y gritan por ver la luz. Sólo es cuestión de dos segundos: en cuanto Bella se disponga a ir a esconderse – o a buscar a Kreacher – Cissy libera sus pies y echa a andar. Sigue a su hermana y busca desenmascararla, porque Bella no optará al viejo baúl de su madre como escondite, oh, eso si que no. Ella usará lo que está prohibido para ellas, ella usará magia.
Pero como siempre cuando Narcissa hace trampa, Bella la descubre.
Bella se da la vuelta en cuanto oye la respiración temerosa de su hermana y la atrapa in fraganti. La mira y le muestra todo el odio posible con los ojos - un odio imposible de sentir a esa edad, nueve años, para cualquier niño normal. ¿Quién dice que Bellatrix es normal?
— Oh, ¡qué bellos cabellos tienes, Cissy! Oh, ¡Cissy es tan buena! Cissy esto, Cissy lo otro… —escupe Bella mientras la acorrala y la empuja contra la pared, con una pobre imitación de la voz de su madre—. ¿Qué crees que dirá mamá cuando le diga que eras un tramposa, Cissy?
— ¡No hice trampa, no hice trampa! —llora.
— Oh, oh, ¡no hiciste trampa! Espiabas, estúpida. ¿Cómo se supone que jugaremos a las escondidas, si tú vas a curiosear? —una mueca atraviesa su rostro taciturno— ¡Persigue a Andrómeda si quieres hacerlo!
Narcissa sonríe sarcásticamente, tal como lo hace su hermana mayor. — Ella no hace trampa.
Bella se congela en su sitio y sus ojos – a punto de desbordarse de las cuencas – vuelven a la normalidad. — ¿Te atreves a llamarme tramposa, Narcissa? —pregunta.
— Le pides a Kreacher que te oculte. Si él no lo hace, haces que ruede por las escaleras —dice la rubia con un hilo de voz.
Bella traga saliva. Oh, cuánto odia a su hermana. Narcissa siempre había sido lo opuesto a ella y por una extraña razón, eso tenía a su madre maravillada. Oh, como disfrutaba la señora Black peinar ese cabello dorado y lacio una y otra vez, ponerle lazos que contrasten con sus túnicas de clase, salpicar un poco de rubor en esos pequeños melocotones que tenía como pómulos.
Andrómeda irrumpe en la habitación dando saltos. Observa a sus dos hermanas, con las miradas sostenidas. Bella a punto de saltar sobre Cissy y devorarle la mejilla; y Cissy, derretida de temor. Lanza un suspiro.
— ¿Cissy hizo trampa?
— ¡Como si no fuera obvio, 'Drómeda! —brama la pelinegra mientras golpeaba el suelo con la suela de su zapato. Se da la vuelta, completamente molesta, haciendo danzar su cabello azabache sobre sus hombros—. ¡Deberíamos arrancarle esos horribles cabellos!
— ¡No! —chilla Cissy entre lágrimas. Corre hasta su Andrómeda y se lanza a sus brazos—. ¡Ella hizo trampa, ella hizo trampa!
Andrómeda mira a Bellatrix, horrorizada. — Si lo haces, le diré a todos que besaste a Sirius.
El silencio que atrapa el pasillo es casi palpable. Tan sólo se escucha las palpitaciones aceleradas de las tres hermanas y las risillas de Kreacher desde la cocina. Bella deja de respirar por unos segundos, mientras taladra a su hermana con la mirada.
— Sigamos jugando —espeta sin ningún dejo de emoción. La vergüenza la recorre de arriba abajo, la memoriza, se amolda a ella. Por un momento, Bellatrix se sonroja. Esa pálida piel de su rostro sobresale. Pero sólo por un momento, porque luego de unas cuantas palpitaciones de corazón, Bella sigue siendo tan blanca como una hoja de tisú. Su mandíbula tensa se mueve:
— Narcissa, tú buscas.
— Escuché lo de Sirius — susurra Cissy —, y si 'Drómeda se lo calla, no creas que yo haré lo mismo.
Andrómeda ríe.
— ¡Oh, te juro que arrancaré esos cabellos rubios que tienes con tenazas de parrilla!
Corretean, chillan, lloran. Una y otra vez. Narcissa hace trampa, Bellatrix la descubre y Andrómeda las calma… como si de un círculo vicioso se tratara, sin comienzo ni fin. Las tres hermanas juegan todos los días, revoloteando y poniendo la mansión de cabeza.

sábado, 22 de mayo de 2010

Travesía cusqueña

Lunes 10 de mayo. Dos de la madrugada.
El frío viento se escurría por mi chaqueta, calándome los huesos; a mí, y a cuarenta y seis personas más. Todas, incluyéndome, tiritábamos de frío y nos sobábamos las manos, pero lo hacíamos con una indeleble sonrisa en el rostro. Reíamos, bromeábamos, temblábamos de nervios. Los cegadores flashes de las cámaras bailaban por doquier, salvando momentos únicos. Únicos, porque nunca más volveríamos a poner pie en el colegio a las dos de la madrugada. Era ahora o nunca, porque el viaje de promoción sólo ocurre una vez.
En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el aeropuerto con maletas pesadas y expectativas gigantescas; y en tan solo suspiro, ya estábamos en Cuzco, con un mate de coca en nuestras manos. Reíamos, bromeábamos, temblábamos de nervios. Una y otra vez. Nuestros estómagos chillaban y nosotras nos preocupábamos solamente en tomar fotografías y en conocer más y más. En documentar cada precioso momento del viaje. No importaba si nos encontrábamos en una pista sin asfaltar, en la habitación del hotel o frente a una majestuosa montaña que nos quitaba el aliento, igual queríamos una fotografía.
Sin tiempo de calmar nuestras impacientes emociones, ya estábamos dentro de un bus, camino a Dios sabe dónde. No nos importaba si comenzábamos en Chinchero, Machu Picchu u Ollantaytambo, sólo queríamos comenzar. Y así lo hicimos. Subimos escaleras de piedra de casi medio metro, casi muriendo en el intento. Las quejas y protestas de cansancio llegaron a los oídos de muchas, pero al final, nadie pudo evitar agradecer haber quemado esas calorías.
El tiempo corría y nosotros lo perseguíamos. Al atraparlo, lo exprimíamos al máximo, tratando de sacarle el mayor jugo posible.
No importaban las dificultades que se nos cruzaran, nosotras sabíamos cómo burlarnos de ellas y pasar por encima. No importaba si faltaba una en ese viaje, nosotras sabíamos y sentíamos que ella no estaba en Lima mirando televisión y aburriéndose, sino que estaba con nosotras: escalando, corriendo, saltando. No importaba si el fotógrafo no quería tomar fotos espontáneas, porque nosotras le insistíamos una y otra vez hasta que lo hiciera. No importaba si la enfermera no tenía ni una sola pastilla para las enfermas, porque nosotras sacábamos las nuestras y las cedíamos. No importaba si la noche de discoteca se cancelaba, porque nosotras sabíamos cómo divertirnos sin ella.
Hubo mil problemas, pero fueron mil y una alegrías las que sobresalieron. Hubo peleas, gritos, insultos. Pero lo que sobresalió fueron las risas, los monumentos, los préstamos de ropa en la noche, las fotografías graciosas, los chistes, los acosos a los turistas… las alegrías. Eso, fue lo más importante. El solo hecho de que estar juntas, en un lugar diferente, con los grupos mezclados, lo convertía en el paraíso.

lunes, 3 de mayo de 2010

Hermandad con sabor

Para Fer.
El hermano Pecanas está perdido.
Y la hermana Clavo de Olor le busca como si su vida dependiera de ello. Recorre cada uno de los cajones de caoba y corretea por los estantes de cristal. Le busca desesperadamente, gritando su nombre a voz en cuello, pero sólo el silencio le saluda.
La pequeña Clavo de Olor pregunta a las cucharas y discute con los tenedores, pero no hay pista alguna que la guiará a su destino. Se arma de valor y busca a los cuchillos, afilados como los dientes de un tiburón. Tartamudea al estar frente a ellos y juega con su cabello nerviosamente. Sin embargo, no saben de él.
Ni los ralladores ni las espátulas le ayudan. Todos y cada uno de ellos se alza de hombros y niega con la cabeza.
Ella llora silenciosamente y se muerde la lengua. ¿Dónde está el travieso de Pecanas?
Es en cuanto se sienta sobre el tostador, con la cabeza en las manos y el corazón en un puño, cuando escucha su voz. Esa pesada y grave melodía, que al parecer ha quedado impresa en sus oídos para siempre, vuelve a resonar, erizando cada uno de los vellos de su piel.
— ¡Pecanas! —grita, y se lleva una mano a la cabeza, pensando que su imaginación le juega una mala pasada.
Pero no, no es así. El hermano Pecanas está ahí, en una de las rendijas de la tostadora, atascado y abrazado del metal.
La hermana Clavo de Olor lo ve y sus delineados ojos se ensanchan abismalmente.
Una vez liberado Pecanas, Clavo de Olor lo rodea en sus brazos y no lo deja ir. Porque es su trabajo y su responsabilidad. Porque se lo prometió a mamá Canela años atrás: nunca dejaría que nada malo le pase a Pecanas. Siempre lo protegería de los tacaños champiñones y hasta le ayudaría conquistar a la señorita Azúcar.
Y si los espárragos egoístas le molestasen, Clavo de Olor estará ahí, con el cucharón en mano, lista para darles un golpe que los mandará a la sartén caliente.

La octava maravilla: ser madre

Para mi madre
Cuando el reloj da la última campanada del día, marcando la medianoche, la madre se despierta y corre a arropar a su hija. Cuando el reloj anuncia la mitad de la mañana, la madre piensa – radiante de alegría – en las travesuras que debe estar haciendo su hija, en las tonterías que debe estar versando.
Una sonríe, la otra carcajea.
Una solloza, la otra llora.
Una grita, la otra explota.
Una se echa a la cama, la otra bosteza.
No se sabe dónde empieza una y dónde termina la otra.
Una hija de anteojos azules le lanza una almohada púrpura a su madre, con una mueca de enojo en su rostro; la madre le devuelve la almohada con más fuerza, pero con los extremos de la boca alzados en una sonrisa tácita.
Ambas están disparatadamente dementes. Pero eso es lo que las hace tan especiales. Tan inseparables, tan incondicionales.
Son dos pétalos, anclados al centro amarillento, luchando hasta el final para permanecer juntos.
Así son madre e hija; separarlas sería jugarle una pasada a la naturaleza y fallar patéticamente. Sería desafiar las leyes de la gravedad, cuestionar el orden del universo, sería buscarle un comienzo a un círculo.
El manual de cómo ser mamá se perdió desde antes que la cigüeña rompiera su cascarón, y eso es lo que hace más difícil la labor.
Cada madre debe ingeniárselas para llevar en sus hombros el regalo que le dejó la cigüeña, empañárselas para no entrar en pánico cuando la caja de la responsabilidad llegue por correo.
Se pelean, se adoran, se gritan, se abrazan, se empujan, se llenan las mejillas de besos.
La relación que tienen podrá ser extraña, incomprensible y sin pantalones, pero es tan gruesa que ni la tijera más filosa podría cortarla en dos.
Ser mamá es romperse los talones persiguiendo a la hija para ponerle el suéter.
Ser mamá es una maravilla.

Escena perdida de 'La Ladrona de Libros'

La sutileza de aceptar un beso

En cuanto Liesel Meminger escuchó las palabras de Rudy, no pudo evitar rodar los ojos.

Dichas palabras se escapaban de los sonrosados labios del rubio con una ligereza y comodidad, como si hubiera practicado vomitarlas una docena de veces. Las flexiones de su labio inferior estaban casi tatuadas en la mente de Liesel. Y así como las atolondradas palabras de ‘¿Qué tal un beso, Saumensch?’ lograban que el corazón de Liesel se acelerara vergonzosamente; el rechazo hacía que el ego de Rudy se anclara al suelo.
Es 1939, en una Alemania Nazi. El país entero tiene la respiración contenida. Y el dilema de dos almas adolescentes es un beso.
—No, Arschloch, no.
Su cansina voz opacó la verdadera y positiva respuesta.

***FOTOGRAFIA DE RUDY ANTE EL MONSTRUO DEL RECHAZO: ***
Pecas de lodo salpicaban su rostro.
Su pequeña y patética corbata daba las doce en punto.
Su cabello color limón apuntaba a diferentes direcciones con porfía.
Vestía una pequeña y triste sonrisa.

Un par de metros los separaba; un par de metros y una incomodidad áspera.
Rudy era un paradigma de la incertidumbre. Era casi imposible descifrar cuánto más empujaría el hecho de besar a Liesel, o si lo seguiría haciendo. Y eso, aterraba a Liesel.
En un abrir y cerrar de ojos, en una fría mañana en la Himmel Strasse, Rudy dejaría de reclamar el patético beso.

Sí, eso aterraba a Liesel.
—Algún día, Saumensch—susurró Rudy.
Los ojos de su amiga brillaron y su estómago bailoteó.
Saukerl—rió Liesel—. Si accediera, no tendrías los pantalones para hacerlo.

Algo golpeó dentro de Rudy, y por poco lo mandó de bruces.
Algo llamado verdad.
Había pasado tantas tardes ideando maneras de convencer a Liesel, y ninguna para aprender a besar.
—Por supuesto que sí—se burló con nerviosismo.

***NOTA MENTAL DE RUDY:***
Aprender a besar en cuanto llegara a casa.

Mientras caminaban hacia la casa donde Puño de Hierro la esperaba, Rudy se entretuvo contando las manzanas robadas. Liesel arrastró sus lodosos zapatos mientras rebuscaba en recónditos pasillos de su mente.
—Lo dudo—cantó Liesel tras un largo momento. Las palabras se escaparon pausada y claramente, desafiando.
—¿El qué?
—El que puedas besarme, qué más.

Rudy se encontraba desnudo de palabras.
Tomó una reluciente y aparentemente deliciosa manzana y se la lanzó a su amiga.
Sus orbes azules se ensancharon ante su inmadura reacción.

Liesel estalló en risas y echó su cabeza para atrás, haciendo que su cabello rubio se desparramara sobre su espalda. Lo sabía.
—Ya sabía que no podrías, Saukerl.

La fracción de segundo que le tomó a Rudy para asimilar la situación en la que se encontraba, hizo que el Jesse Owens que habitaba en él saliera a la superficie y tomara una bocada de aire.

Dio dos pasos a su derecha hasta chocar con el codo de Liesel. La tomó del hombro.
Sus nervios comenzaron a retorcerse.
Sus labios se unieron con los de Liesel de un solo golpe.
Su mente estalló en mil pedazos.
Se alejó de ella antes de que el reloj diera el segundo.

Liesel voló junto con su hermano muerto y regresó junto a Rudy en un instante. Su corazón galopaba como si hubiera corrido una maratón, y los rubios vellos de su nuca se erizaron.
—¿Eso fue lo mejor, Saukerl?—preguntó con sorna, luego de que su mente volviera a su lugar y sus pies se habituaran a la tierra—. Fue como besar a una pared.

No hubo respuesta.
Un ego herido se retorció en el suelo.
—¿Es así como agradeces, asquerosa Saumensch?
—No, Rudy, es así como acepto a que me beses —sacó su lengua y sus miradas se engancharon—, pero te lo advierto, Arschloch, aprende a hacerlo.

Rudy mordió su labio hasta llegar a casa.
Las puntas de sus dedos apretaron su pantalón hasta adormecerse.
Su autosuficiente sonrisa no se le borró del rostro.
 
***TRES SECRETOS QUE TE SACARÁN UNA SONRISA :***
1. A Liesel le gustó. Le gustó bastante.
2. Liesel robaría el carmín de Mama en cuanto tuviera oportunidad.
3. Rudy Steiner besó su almohada toda la noche.



domingo, 2 de mayo de 2010

El arte de bucear en el gran mar de la amistad

Para Ursula.
La amistad es tan complicada como una telaraña.
La desenredas poco a poco, con esmero y dedicación, hasta que un nudo te juega una mala pasada y se escabulle.
Das dos pasos para atrás, te echas el cabello fuera de los ojos, das un largo respiro; y desenredas el nudo. Sólo para encontrarte con otro más adelante.
Sonríes al pasar las finas hebras por tus dedos sin problema alguno. Avanzas con una grandísima satisfacción, para más tarde retroceder con una sonrisa aún mayor.
Tus nervios se disparan, luchas con tu subconsciente, ruedas los ojos, respiras con pesadez.
Ríes descontroladamente, lloras desmadejadamente, gruñes con la adrenalina golpeando tus venas, suspiras con el corazón en un puño.
Pero, nuevamente, pase lo que pase, desenredas el nudo y sigues adelante. Sigues adelante con una mano enredada en la tuya.
Una mano cuyo nombre sólo puede ser amiga.
La amistad es tan vasta como un profundo mar.
Buceas, tratando de llegar al suelo, pero fallas terriblemente. Intentas, tratando de lograr lo imposible: tocar la perfección con la punta de tus dedos.
Te topas con la amistad repetidas veces al año: le rozas el hombro, le golpeas el codo, le pisas el talón. Pero depende de ti el ladear el rostro, sonreír e intercambiar estrofas.

Érase una vez una niña que perdió el norte

No siempre soñé con ser escritora.
Jugar con palabras era ajeno a mí hasta los doce años. Fue en cuanto metí mis narices en los libros cuando todo comenzó a dar vueltas y vueltas, sembrando miles de inquietudes e interrogantes. Mi patética vida de adolescente dio un vuelco y en un abrir y cerrar de ojos, me encontré devorando libros sin tomar aliento. Encontré una puerta, y no dudé ni un segundo en cruzarla. La paz y tranquilidad que se encuentra tras los libros y la imaginación es el mejor remedio para los problemas.
Entonces, tras primaveras de lectura, me decidí. Sería escritora y cambiaría el mundo con sólo palabras. Sólo era cuestión de tomar la pluma, estirar el arrugado pergamino y escribir. Perderme en cada una de las vocales y más tarde, encontrarme en las torcidas tildes.
Y tan rápido como llegó el pájaro, éste se fue.
Estudiaré medicina.
Reiré con bisturíes y le confesaré mis más grandes secretos al estetoscopio. Guardaré mis palabras en una caja de cristal y la lanzaré al olvido. Pegaré mi frente al frío vidrio de las librerías y observaré con detenimiento las portadas de los libros mejor vendidos, mientras que los monótonos ensayos de genética molecular me esperarán en casa.
Y cuando haya tenido suficiente del esqueleto craneofacial y de la dermolipectomia circular, echaré todo al basurero. Encontraré mi pluma bañada por una fina capa de polvo y mi arrugado pergamino carcomido por las polillas.
Limpiaré las palabras con un pañuelo de seda y las abrazaré con todas mis fuerzas.
Dentro de unos cuantos años, tal vez.